Lo mas selecto
Lo mas selecto La callejuela del pueblo, silenciosa y vacía en el crepúsculo estival, se extendía a izquierda y derecha, con una casa o dos de madera y tejado a dos aguas, y parecía haberse declarado en consonancia con el vacío histórico en el que nuestros amigos, que se habían entretenido un instante para conversar, se miraron los unos a los otros. En cambio, la joven esposa miró a su alrededor un momento, buscando todo lo que no se podía ver, y después, antes de que Gedge encontrara una respuesta para la observación de su marido, murmuró, con el deseo evidente de conciliación, una pregunta que se le había ocurrido y que intentó formular con seriedad.
—¿Quieres decir que nuestra desafortunada ignorancia no afecta a la obra?
—Afortunada o desafortunada. Me gusta que así sea —dijo el marido—. La obra es la cosa[73], dejemos en paz al autor.
Gedge, con la llave en el índice, se apoyó contra la jamba de la puerta, contempló la torpe callejuela y sintió verlos marchar; tenía la sensación de que lo abandonaban.