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Nadie había contestado nunca a la primera pregunta; en cambio, para compensar, se explayaban con la segunda. Incluso al señor y la señora Hayes los dejó mudos de entrada; si bien, para ser justos, tampoco habían pronunciado la palabra que daba el pie. No habían pronunciado ni una palabra mientras Gedge continuaba con el juego y (aunque eso lo hacía un poco más difícil), todavía pudo alzarse con aire triunfal delante de ellos después de terminar con su floreo. Sólo entonces el señor Hayes de Nueva York rompió su silencio.

—Bueno, si quisiéramos verlo, me parece que podríamos decir que estamos bastante satisfechos. Como dice mi esposa, parece que éste sería su estilo.

Ahora hablaba con mucha más soltura, como si se hubiera hecho la luz: pero no hizo ninguna broma por el motivo que resultó evidente más adelante. Estaban bajando las estrechas escaleras y fue a la bajada cuando su compañera añadió unas palabras.

—¿Sabe usted lo que nos rondaba por la cabeza…? —y después añadió dirigiéndose a su marido—: ¿Está mal que se lo diga?

Estaban en la planta de abajo y la joven, también aliviada, expresó su sensación con alegría. Sonrió a Morris Gedge, como antes, tratándolo como a una persona con la cual fuera posible tener trato social; sin embargo, se sintió insegura y pidió su opinión al señor Hayes.


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