Lo mas selecto
Lo mas selecto —¡Eso fue lo que nos hizo pensar…! —contribuyó la señora Hayes.
—¿Que tenÃan que verlo con sus propios ojos? —de nuevo, el pobre Gedge miró de un rostro a otro—. ¿Quieren decir que he organizado un… escándalo?
—¡Claro que no! Ha despertado admiración. Asà renueva el interés —observó el joven.
—¡Ah, de eso se trata! —dijo Gedge con unos ojos llenos de aventura que parecÃan posarse más allá del Atlántico.
—Lo oyen, mes tras mes, cuando vienen por aquÃ, como habrá visto usted; y luego vuelven a casa y hablan. Pero cantan sus alabanzas.
Nuestro amigo apenas podÃa creérselo.
—¿All�
—AllÃ. Me parece que ha salido usted incluso en los periódicos.
—¿Sin insultos?
—Oh, nosotros no insultamos a nadie.
La señora Hayes, con toda su belleza, quedó claro que insistÃa en este punto.
—Lo ponen a usted por las nubes.
—Entonces, ¿no lo saben?
—Nadie lo sabe —declaró el joven—. En cualquier caso, lo que nos inquietaba no era lo que pudiera saber alguien.