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—Oh, es un cementerio —dijo la anciana señora cuando el joven le formuló una pregunta sobre uno de los grabados—. Son mis coetáneos, están todos muertos: estas cosas son las lápidas, con las inscripciones. Soy el enterrador, me encargo de cuidar el cementerio e intento tenerlo ordenado. He cavado ya mi fosa —prosiguió, dirigiéndose a Laura— y, cuando la llamen, tendrá que venir y meterme en ella.

Esta evocación de la muerte llevó al señor Wendover a preguntarle si había conocido a Charles Lamb; ante lo cual, ella lo miró fijamente un instante y contestó:

—Dios mío, claro que no. No lo vi jamás.

—Oh, quería decir lord Byron —dijo el señor Wendover.

—Dios bendito, claro que sí; estaba enamorada de él. Afortunadamente, él no se dio cuenta: éramos legión. Era muy guapo, pero muy vulgar —lady Davenant se dirigía a Laura como si el señor Wendover no estuviera; o, mejor dicho, como si los intereses o conocimientos de los dos jóvenes fueran exactamente los mismos. Antes de que se marcharan, el señor Wendover le preguntó si había conocido a Garrick y ella contestó—: Santo cielo, no. No venían por nuestras casas, en aquella época.

—¡Pero si llevaría ya mucho tiempo muerto cuando usted nació! —exclamó Laura.


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