Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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En la plaza se hallaba el automóvil, vuelto en dirección opuesta. Se veía la espalda del chófer y su gorra, tapada casi por completo por el cuello del abrigo. Al acercarse, Sholmes oyó el ruido del motor. Abrió la portezuela, rogó a Clotilde que subiera y se sentó a su lado.

El auto arrancó deprisa, ganó los bulevares, la avenida Hoche y la avenida de la Grande-Armée.

Herlock, pensativo, elaboraba sus planes:

«Si Ganimard está en su casa…, dejo a la muchacha en sus manos… ¿Le diré quién es esta joven? No, porque la llevaría derecho a la cárcel, lo cual lo estropearía todo. Una vez solo, consultaré la lista del expediente M.B.,y me lanzo a la caza. Y esta noche, o mañana por la mañana todo lo más, me reuniré con Ganimard, como está convenido, y le entregaré a Arsenio Lupin y a su banda…».

Se frotó las manos, contento de sentir, al fin, el término de esta aventura al alcance de su mano y de ver que ningún obstáculo serio lo separaba de él. Y, cediendo a un deseo de expansión que contrastaba con su naturaleza, dijo:

—Perdóneme, señorita, si muestro tanta satisfacción. La batalla fue dura, y el éxito me es muy agradable.

—Éxito legítimo, señor, y del que tiene usted derecho a vanagloriarse.


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