Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Al no poder hacerlo, la examinó desde más cerca y comprobó que estaba sujeta a la muralla, y que además le faltaba uno de los cristales.
Metió el brazo y comprobó que en el otro lado no había más que el vacío. Proyectó la luz de la linterna y observó. Se trataba de un hangar grande, una cochera más amplia que la del pabellón y repleta de hierros y objetos de toda clase.
«Ya está -se dijo Lupin-. Este tragaluz está practicado en la cochera del chamarilero, arriba de todo, y es desde allí desde donde Luis Malreich ve, escucha y vigila a sus cómplices, sin que éstos le vean ni le oigan a él. Ahora me explico el que no conozcan a su jefe.»
Ya informado, apagó la luz de la lámpara, y se disponía a marcharse cuando una puerta se abrió frente a él, allá abajo. Alguien entraba. Se encendió una lámpara. Reconoció entonces al chamarilero.
Lupin resolvió quedarse, por cuanto la expedición que había iniciado no podía llevarla a cabo mientras aquel hombre permaneciese allí.