Aventura
Aventura Cambió de apoyo para tumbarse esta vez en una silla extensible, desde la que podía contemplar el horizonte. A trescientos pies de distancia las olas rompían sobre la playa. A la izquierda se veía la blanca franja de rompientes que formaba el bajío de piedras cubiertas de agua en la desembocadura del Balesuna, y detrás, las abruptas costas de la isla de Savo. Justo enfrente, al otro lado de un canal de doce millas, se encontraba la isla Florida, y un poco a su derecha, perdida en la distancia, se vislumbraban las costas de Malaita, la tierra salvaje que era el hogar de asesinos, piratas y caníbales, de donde procedían los doscientos braceros de aquella plantación. Entre la casa y la playa había una cerca de cañas, y al ver que la puerta estaba entreabierta, ordenó al muchacho que la cerrase. En el patio crecía una alta y frondosa palmera de coco, y dos mástiles sobresalían en el aire, a ambos lados de la avenida que conducía hasta la puerta, sobre promontorios artificiales de diez pies de altura y sujetos por rodrigones pintados de blanco y por fuertes cadenas. Ambos postes recordaban la arboladura de una embarcación, con sus obenques, sus masteleros, sus botavaras y drizas para las banderas. De una verga colgaban llamativamente dos banderolas de cuadros blancos y azules, como si una de ellas fuese un tablero de ajedrez, y la otra, como blanca fámula, con un círculo rojo en el centro en señal de peligro, tal y como indicaba el convenio de avisos y señales.