Aventura

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Por toda respuesta, Sheldon colocó su mano sobre la que ella tenía sujeta a la barandilla; pero, después de dudarlo, decidió que aquella era la mano de un adolescente que se siente acariciado como consuelo por la pérdida de un juguete. Al pensar en ello se estremeció. Nunca se había sentido al mismo tiempo tan cerca y tan lejos de ella. Joan sentía la mano de Sheldon tocando la suya; pero en medio de la tristeza que le producía la partida del barco aquella mano era como si no fuese nada…, o como máximo, la mano de un amigo.

Sheldon retiró su mano y se alejó dolido.

—¿Por qué no habrán desplegado todavía la gran vela del estay? —se preguntaba Joan enfadada, sin apartar su mirada del barco—. Ya veo qué clase de sujeto es ese Kinross. Es la clase de marino que se tumba tres días seguidos entre gavia y gavia, en espera de que sople un viento fuerte que nunca termina de llegar. ¡Ya lo creo que es así; estoy absolutamente segura!

Sheldon volvió junto a ella.

—Puede usted navegar en la Martha siempre que lo desee… —dijo— e incluso reclutar trabajadores en Malaita, si se le antoja.

Se trataba de una gigantesca concesión, con la que había superado sus más nobles sentimientos, y le sorprendió la respuesta que tuvo.


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