Aventura
Aventura Reclinado en la silla extensible vio llegar el bote de la goleta, sorprendido de que solo tres remeros lo impulsaran, y su sorpresa fue en aumento al ver lo mucho que tardaban en saltar de la barca cuando ya estaba sobre la arena. Enseguida entendió el motivo. Los tres remeros negros se aproximaban llevando a hombros una camilla. Reconoció en el enfermo al capitán blanco de la Jessie, se adelantó para abrir la puerta y dejó pasar a los camilleros antes de cerrarla. Sheldon comprobó que en la camilla también viajaba Hugo Drummond, y una sombra le nubló el rostro. Le entró un repentino deseo de morir. Aquella desgracia era superior a sus fuerzas, y en su estado de completo agotamiento era incapaz de llevar la pesada carga que significaba tener exclusivamente en sus manos la plantación de Beranda. Encendiendo la llama de su voluntad, mandó a los negros que dejasen a un lado la camilla. Hugo Drummond, que se encontraba pletórico de salud al partir, regresaba convertido en un esqueleto, con los ojos hundidos y cerrados; sus labios colgaban macilentos, mostrando su blanca dentadura, e incluso los pómulos parecían a punto de taladrarle la piel. Sheldon le pidió el termómetro a un sirviente, e interrogó con la mirada al capitán.
—Es la fiebre del agua emponzoñada —le explicó—. Lleva seis días en este estado. Hemos declarado a bordo la disentería. Y aquí, ¿qué es lo que les pasa a ustedes?