Aventura

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Sheldon le iba dejando a cada enfermo su correspondiente dosis de medicina, y tenía que agudizar la memoria para recordar perfectamente a quiénes les podía administrar la ipecacuana, y a quiénes esta droga les resultaría insoportable. Uno de aquellos enfermos ya había muerto, y mandó que lo retirasen inmediatamente, con el tono autoritario de quien no está dispuesto a permitir la menor rebeldía. El enfermo a quien le tocó obedecer lo hizo a regañadientes, y mientras tiraba del muerto por los tobillos, se le ocurrió susurrar algo ininteligible. El hombre blanco perdió la paciencia, y aun costándole mucha energía, alargó el brazo y le propinó un formidable puñetazo en la boca.

—¡Eso es para que te calles, Angora! —gritó—. ¿Qué es eso de hablar tanto? A ver si voy a tener que saltarte los dientes. ¡Vamos!

El salvaje se había revuelto con la rapidez de una alimaña dispuesta a arrojarse contra su enemigo, con los ojos encendidos de rabia; pero al ver que el blanco empuñaba una pistola, se contuvo. Sus extremidades, tensas y dispuestas para dar el salto, se relajaron, e inclinándose de nuevo sobre el muerto, lo arrastró sin protestar.

—¡Cerdos! —masculló David Sheldon, incluyendo en aquel insulto a todos los indígenas.


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