Aventura
Aventura —Eso no es verdad. Su llegada a esta isla ha sido para mà una gracia divina. Estaba abandonado y agonizante, y no creo que hubiese logrado salir de tan difÃcil situación sin su providencial llegada. Pero no es solo eso. Personalmente, hablando de la forma más egoÃsta posible, su marcha me producirÃa una profunda tristeza. Pero yo no puedo pensar en mÃ, sino en usted. Esto, en el fondo, es lo único que quiero que sepa. Si yo estuviese casado…, si hubiese aquà otras jóvenes de su raza…, pero en las actuales circunstancias…
Joan levantó las manos en señal de desesperación.
—¡Crea que no le comprendo! —exclamó—. Tan pronto me dice que debo irme, como que no hay aquà lugar para mÃ, y que no me dejarÃa ir. ¿Qué sugiere usted entonces?
—Ese es el problema —replicó Sheldon, abatido.
—¿Le molesta esta situación?
—Solo en lo que a usted se refiere.