Colmillo blanco
Colmillo blanco A medio camino, la corriente recogió al cachorro y lo arrastró rÃo abajo. Se encontró cogido en un pequeño rápido al fondo del remanso. Allà habÃa poca posibilidad de nadar. Las quietas aguas se habÃan encolerizado súbitamente. Unas veces estaba en el fondo, otras en la superficie, y en todo momento sus movimientos eran violentos, se revolcaba y daba vueltas, golpeándose contra las rocas. Y chillaba con cada roca contra la que se daba. Su avance se convirtió en una serie de chillidos, por los que se podÃa suponer la existencia de otras tantas piedras con las que iba chocando.
Más abajo, el rápido formaba otro remanso y, allÃ, capturado por el remolino, fue expulsado hacia un banco y depositado suavemente en un lecho de grava. Se sacudió como un poseso el agua y se tumbó. HabÃa aprendido algo más del mundo. El agua no estaba viva. Pero se movÃa. ParecÃa tan sólida como la tierra y, sin embargo, no habÃa solidez en ella. Su conclusión fue que las cosas no son lo que aparentan. El miedo del cachorro a lo desconocido consistÃa en una desconfianza heredada que se habÃa reforzado con la experiencia. A partir de aquel momento, el cachorro desconfiarÃa siempre de las apariencias bajo las que se camuflaba la verdadera naturaleza de las cosas. HabÃa que conocer la realidad de una cosa antes de poder confiar en ella.