Colmillo blanco
Colmillo blanco Aullido tras aullido y aullidos en respuesta convirtieron el silencio en una absoluta confusión. SurgÃan de todas partes y el miedo traicionaba a los perros, que se amontonaban tan cerca del fuego que el pelo se les chamuscaba con el calor. Bill echó más leña antes de encender su pipa.
—Creo que estarÃas ya entre sus dientes —dijo Henry.
—Henry… —Chupó con aire meditabundo la pipa durante algún tiempo antes de continuar—. Henry, estaba pensando en la maldita suerte que tiene este hombre; es más afortunado de lo que lo seremos tú y yo jamás.
Y, con el dedo pulgar hacia abajo, señaló la caja sobre la que estaban sentados, refiriéndose al tercer hombre.
—Tú y yo, Henry, cuando nos muramos, tendremos mucha suerte si conseguimos cubrirnos con las piedras suficientes como para que los perros no se nos acerquen.
—Pero nosotros no tenemos ni los parientes ni el dinero que tenÃa él —intervino de nuevo Henry—. El transporte de un cadáver tantas millas es algo que ni tú ni yo podemos permitirnos.