Colmillo blanco
Colmillo blanco Kiche se volvió y comenzó a trotar lentamente hacia el poblado. Más fuerte que la cadena física de la estaca era la del propio campamento. Invisibles y ocultos, los dioses todavía la encadenaban con su poder y no la dejarían marchar. Colmillo Blanco se sentó a la sombra de un abedul y gimió suavemente. Había un fuerte olor a pino y delicadas fragancias de los bosques saturaban el aire, recordándole su antigua vida de libertad antes de sus días de cautiverio. Pero todavía no era más que un cachorro algo crecido y, más fuerte que la llamada del hombre o de las Tierras Vírgenes, era la llamada de su madre. Todas las horas de su corta vida dependían de ella. No había llegado aún el momento de su independencia. Así que se levantó y trotó desesperanzado hacia el campamento. En el camino se detuvo una y dos veces para sentarse, gemir y escuchar la llamada que todavía emitía el corazón del bosque.