Colmillo blanco
Colmillo blanco Se acercó reptando y arrastrándose hacia el fuego. Castor Gris lo vio y dejó de masticar el sebo. Colmillo Blanco se arrastró lentamente, reptando y humillándose por la vileza de su degradación y sumisión. Se arrastró directamente hacia Castor Gris, cada pulgada en su progreso más y más lenta, más y más dolorosa. Por fin, yació a los pies de su amo, a cuyo dominio se rendía voluntariamente en cuerpo y alma. Por propia elección había vuelto a sentarse junto al fuego del hombre para ser dominado por él. Colmillo Blanco tembló, esperando el castigo. La mano que se cernía sobre él se movió. Se encogió de forma involuntaria al esperarse un golpe. Lanzó una mirada hacia arriba. ¡Castor Gris estaba partiendo el trozo de sebo en dos! ¡Castor Gris le estaba ofreciendo a él una parte de su trozo de sebo! Con mucha amabilidad, aunque con alguna desconfianza, primero la olfateó y luego procedió a devorarla. Castor Gris ordenó que le trajeran comida y le protegió de los demás perros mientras comía. Después de aquello, agradecido y contento, Colmillo Blanco se tendió a los pies de Castor Gris, mirando al fuego que le calentaba, parpadeando adormilado, seguro de que la mañana no le encontraría vagando desamparado a través de inhóspitos bosques, sino en el campamento de los animales-hombre, con los dioses a los que se había entregado y de los que dependía desde aquellos instantes.