Colmillo blanco

Colmillo blanco

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En el tercer año de su vida, un terrible período de hambre asoló a los indios del Mackenzie. En el verano la pesca falló. En el invierno el caribú abandonó la ruta que acostumbraba a frecuentar. Los alces eran escasos, los conejos casi desaparecieron y la caza de los animales disminuyó. Como les fueron negados los suministros habituales de alimento, debilitados por el hambre, lucharon y se devoraron unos a otros. Solo los fuertes sobrevivieron. Los dioses de Colmillo Blanco también cazaban animales. El viejo y el débil de entre ellos murió de hambre. Se elevaron las lamentaciones en la aldea, en la que las mujeres y los niños renunciaron a alimentarse para que lo poco que pudieran llevarse a la boca fuera a parar a los enflaquecidos cazadores de ojos hundidos que recorrían el bosque en su vana búsqueda de la carne.

A tal extremo llegaron los dioses, que se comían los cueros de sus mocasines y sus guantes, y los perros devoraban los arneses atados a sus lomos y hasta los mismos látigos. Los perros también se comían unos a otros y los dioses a los perros. Los más débiles y los de menor valía fueron los primeros. Los perros que todavía vivían observaban y entendían. Unos cuantos de los más valientes y más listos abandonaron el fuego de sus dioses, convertido en rescoldos, y huyeron al bosque, donde al final murieron de hambre o fueron devorados por los lobos.


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