Colmillo blanco

Colmillo blanco

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En aquel tiempo de miseria, Colmillo Blanco también huyó a los bosques. Estaba más preparado para aquella vida que los otros perros, pues le guiaba su experiencia como cachorro. Se aficionó especialmente a acechar las pequeñas cosas vivas. Permanecía oculto durante horas, siguiendo cada movimiento de la cautelosa ardilla, esperando, con una paciencia tan grande como el hambre que sufría, hasta que la ardilla se atrevía a bajar al suelo. Incluso entonces, Colmillo Blanco no se apresuraba. Esperaba hasta que estaba seguro de su ataque, antes de que la ardilla pudiera alcanzar el refugio del árbol. Luego, y no antes, salía disparado de su escondite como un proyectil de color gris, increíblemente veloz, y nunca erraba el golpe: la ardilla, que huía atemorizada, nunca lo hacía con la suficiente rapidez.

Aunque tenía éxito con las ardillas, había una dificultad que le impedía vivir y alimentarse de ellas. Las ardillas no abundaban. Así que se vio obligado a cazar cosas aún más pequeñas. Tan apremiante llegó a ser el hambre en algunas ocasiones que no tuvo inconveniente en revolver la tierra para sacar a los ratones de campo de sus madrigueras. Ni desdeñó luchar contra una comadreja tan hambrienta como él y mucho más feroz.



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