Colmillo blanco

Colmillo blanco

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Como enemigo que era de los suyos, la especialidad de Colmillo Blanco consistía en luchar contra ellos. Aquello fue lo que hizo y pronto le merecieron una opinión de considerable desprecio. Eran blandos e indefensos, hacían mucho ruido y forcejeaban con torpeza, intentando conseguir con la fuerza bruta lo que él conseguía con destreza y astucia. Se precipitaban contra él ladrando a más no poder. Colmillo Blanco saltaba a un lado. Ellos no sabían lo que esperar de él, y en un instante les mordía la paletilla y los hacía caer rodando antes de rematarlos con la dentellada en el cuello.

A veces aquel ataque tenía éxito y un perro atacado rodaba por el fango, para ser al instante asaltado y destrozado por los perros de los indios que esperaban el desenlace. Colmillo Blanco era listo. Hacía tiempo que había aprendido que los dioses se enfurecían cuando uno de sus perros moría. Los hombres blancos no eran la excepción de la regla. Por eso le encantaba que al derribar y morder la garganta de algún perro, la jauría se echara luego encima para hacer el trabajo sucio. Era entonces cuando el hombre blanco llegaba y descargaba su furia contra la jauría entera, mientras Colmillo Blanco se libraba de ellos. Se mantenía a cierta distancia para contemplarlo todo, al tiempo que las piedras, los garrotes y todo tipo de armas caían sobre sus compañeros. Colmillo Blanco era muy listo.


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