Colmillo blanco
Colmillo blanco Pero había un hombre entre ellos que disfrutaba particularmente de aquel deporte. Corría en cuanto se oía el primer silbido de vapor y, cuando había concluido la última lucha, y Colmillo Blanco y la jauría se desperdigaban, regresaba lentamente al fuerte, con la expresión triste. A veces, cuando uno de los blandengues perros del sur caía derribado, chillando su grito de muerte bajo los colmillos de la jauría, aquel hombre no podía contenerse y saltaba y gritaba mostrando así el placer que le causaba aquella escena. Y siempre miraba a Colmillo Blanco con expresión penetrante y codiciosa.
A aquel individuo los hombres del fuerte le llamaban Guapo. Nadie sabía su nombre y, en general, le conocían en el país como Guapo Smith. Sin embargo, era cualquier cosa menos guapo. Aquella antítesis constituía la razón de su nombre. Fundamentalmente era feo. La naturaleza había sido avariciosa con él. Para empezar, era un hombre bajo y sobre su exiguo cuerpo había depositada una cabeza sorprendentemente exigua. Acababa en punta y de hecho, en su infancia, antes que Guapo, le habían llamado Cabeza de alfiler.