Colmillo blanco
Colmillo blanco Estaba enfurecido, pero su furia era cuerda. Sus ojos grises parecían metálicos, como el acero, y fulminaban al público. Guapo Smith se levantó y fue hacia él, sorbiéndose la nariz y caminando como un cobarde. El recién llegado no entendía nada. No sabía qué cobarde tan abyecto era el otro y creyó que se acercaba con el propósito de luchar. Así que con un «¡Bestia!», descargó sobre Guapo Smith otro puñetazo en plena cara. Guapo Smith decidió que la nieve era el lugar más seguro para él y permaneció donde había caído, sin hacer esfuerzo alguno por levantarse.
—Vamos, Matt, échame una mano —dijo el recién llegado al conductor del trineo, que le había seguido hasta la arena.
Los dos hombres se inclinaron sobre los perros. Matt agarró a Colmillo Blanco, preparado para tirar en cuanto las mandíbulas de Cherokee se aflojaran. De esto se encargó el hombre joven apretando las mandíbulas del bulldog entre sus manos, tratando de abrirlas. Fue un intento inútil. Mientras tiraba, estiraba y separaba con violencia, continuó exclamando con cada espiración: «¡Bestias!».
La multitud empezó a alborotarse y algunos hombres protestaron contra los que habían estropeado el espectáculo, pero cerraron la boca cuando el recién llegado levantó el rostro de su labor un instante, y les fulminó con la mirada.