Colmillo blanco
Colmillo blanco El otro se llevó la mano a la pistolera que llevaba en la cadera, sacó el revólver y trató de introducir el cañón entre las mandíbulas del bulldog. Empujó y empujó hasta que se oyó el rechinar del acero contra los apretados dientes. Los dos hombres estaban de rodillas doblados sobre los perros. Tim Keenan entró en la arena. Se detuvo detrás de Scott y le tocó en el hombro, diciendo en tono siniestro:
—No le rompa los dientes, forastero.
—Entonces le romperé el cuello —replicó Scott, que continuaba empujando e introduciendo el cañón del revólver.
—He dicho que no le rompa los dientes —replicó el crupier en tono más siniestro que antes.
Pero si lo que intentaba era echarse un farol, no lo consiguió. Scott, sin desistir de su esfuerzo, le miró con frialdad y le preguntó:
—¿Es su perro?
El crupier gruñó.
—Entonces venga aquí y haga que lo suelte.
—Bien, forastero —pronunció el otro lenta y pesadamente de forma irritante—. No me importa decirle que eso es algo que no he conseguido yo nunca. No sé dónde está el truco.
—Entonces apártese —fue la respuesta— y no me moleste. Estoy ocupado.