Colmillo blanco

Colmillo blanco

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El dios permanecía quieto; no hacía ningún movimiento y los gruñidos de Colmillo Blanco, poco a poco, se fundieron en un sonido gangoso que se fue consumiendo en su garganta hasta que cesó por completo. Entonces, el dios habló y, con el primer sonido de su voz, el pelo del cuello de Colmillo Blanco se erizó y el gruñido volvió a resurgir en su garganta. Pero el dios no hizo ningún movimiento hostil y continuó hablando con toda calma. Durante cierto tiempo, Colmillo Blanco gruñó al tiempo que le hablaba y se estableció una correspondencia entre gruñidos y voz. Pero el dios hablaba de forma interminable. Hablaba a Colmillo Blanco de una forma que jamás había oído. Lo hacía con dulzura y suavidad, con una amabilidad que de alguna manera, en algún lugar de sus entrañas, hacía efecto a Colmillo Blanco. A pesar de sí mismo y de todas las punzantes advertencias de sus instintos, comenzó a albergar confianza en aquel dios. Sentía una seguridad que siempre había sido defraudada en sus relaciones con el hombre.







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