Colmillo blanco

Colmillo blanco

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Después de mucho tiempo, el dios se levantó y se dirigió a la cabaña. Colmillo Blanco le observó atento y con temor cuando salió de ella. No llevaba ni látigo ni palo ni arma alguna. Se sentó como antes, en el mismo lugar, a varios pies de distancia. Sostenía una pequeña pieza de carne. Colmillo Blanco levantó sus orejas y estudió el trozo con desconfianza, intentando mirar al mismo tiempo a la carne y al dios, alerta por si se producía cualquier maniobra, el cuerpo tenso y preparado para saltar al primer indicio de hostilidad, a la menor manifestación de juego sucio.

El castigo seguía retrasándose. El dios tan solo sostenía el trozo de carne cerca de su hocico. Y en cuanto a la carne, no parecía tener nada extraño. Sin embargo, Colmillo Blanco sospechaba y, aunque la carne le era ofrecida con pequeños movimientos de invitación, rechazó todo contacto. Los dioses eran sabios y nunca se sabía qué traición magistral acechaba en un trozo de carne aparentemente inofensivo. Su pasada experiencia, sobre todo la relativa a las mujeres indias, le indicaba que la carne y el castigo eran dos cosas que con frecuencia estaban desastrosamente relacionadas.




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