Colmillo blanco

Colmillo blanco

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Al final, el dios arrojó la carne a la nieve a los pies de Colmillo Blanco. Él la olfateó con cuidado, pero no la miró. Mientras olía, mantenía sus ojos sobre el dios. Nada sucedía. Se metió la carne en la boca y la tragó. Seguía sin ocurrir nada. En realidad, el dios le estaba ofreciendo otro trozo de carne. De nuevo, rechazó aceptarla de su mano y, de nuevo, se la arrojó. Esto se repitió varias veces. Pero llegó la ocasión en que el dios no quiso arrojársela. La mantuvo en su mano y con tenacidad se la ofreció.

La carne era buena y Colmillo Blanco estaba hambriento. Poco a poco, con infinita cautela, se aproximó a la mano. Por fin, llegó el momento en que se decidió a aceptarla de él. Jamás apartaba sus ojos del dios; mantenía la cabeza muy hacia delante con las orejas hacia atrás y el pelo involuntariamente levantado y encrespado en el cuello. En su garganta gorgoteaba un gruñido para avisarle de que no era muy prudente engañarle. Se comió la carne y no pasó nada. Trozo a trozo, se la comió toda y nada sucedió. El castigo, sin embargo, todavía se retrasaba.





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