Colmillo blanco
Colmillo blanco Se lamió el hocico y esperó. El dios volvió a su conversación. En su voz se advertía la amabilidad, algo que Colmillo Blanco no había experimentado jamás. Y en él se despertaron sentimientos que tampoco había experimentado nunca. Era consciente de una extraña satisfacción, como si alguna necesidad estuviera siendo cubierta, como si un vacío en su ser se estuviera colmando. Luego sintió de nuevo el pinchazo de los instintos y la advertencia de su pasada experiencia. Los dioses siempre eran taimados y tenían formas imposibles de adivinar para conseguir sus fines.
¡Ah, eso mismo había pensado él! Allí estaba la mano del hombre, astuta para producir el dolor, que se extendía hacia él, descendiendo sobre su cabeza. Pero el dios continuó hablando. Su voz era suave y calmante. A pesar de la mano amenazadora, la voz inspiraba confianza. A pesar de la voz serena, la mano inspiraba desconfianza. Colmillo Blanco se debatía entre sentimientos e impulsos contrarios. Le parecía que iba a saltar en pedazos por la intensidad del control que estaba ejerciendo sobre sí mismo, manteniéndose firme en una inusitada indecisión, mientras fuerzas contrarias luchaban por el dominio.