Colmillo blanco
Colmillo blanco Colmillo Blanco cedió. Gruñó, erizó el pelo y bajó sus orejas. Pero ni mordió ni huyó. La mano descendía. Se acercaba más y más. Tocó las puntas de sus erizados pelos. Él se hundió más; sin embargo, le seguía amenazando con acercarse mucho más. Estremeciéndose, casi temblando, todavía pudo mantenerse firme. Aquello era un tormento; la mano le tocaba y violaba su instinto. No se podía olvidar en un día todo el mal que le habían causado las manos de los hombres. Pero era la voluntad del dios y luchó por someterse.
La mano se levantó y descendió de nuevo en un movimiento acariciador y cariñoso. Esto continuó, pero cada vez que se levantaba, el pelo se levantaba bajo ella. Y cada vez que descendía, las orejas se aplastaban y un gruñido cavernoso surgía en su garganta. Colmillo Blanco gruñía insistiendo en su advertencia. Por aquel método anunciaba que estaba preparado para replicar a cualquier daño que pudiera recibir. Nunca se sabía cuándo un dios iba a revelar uno de sus móviles. En cualquier momento, aquella voz suave que inspiraba confianza podía quebrarse y convertirse en un rugido de cólera; aquella mano gentil y cariñosa podía transformarse en una garra violenta que le atraparía indefenso y le administraría el castigo.