Colmillo blanco
Colmillo blanco Después de aquel escrutinio, el animal dio unos pasos más hacia delante. Aquel movimiento fue repetido unas cuantas veces hasta que se situó a menos de cien yardas. Se detuvo, con la cabeza alta, cerca de un grupo de abetos y, con la vista y el olfato, estudió a los hombres que la observaban. Los miró de una forma extrañamente astuta, según lo hacen los perros, pero en su astucia no había ninguna de las señales de afecto propias de los perros. Era una astucia alimentada por el hambre, tan cruel como sus propios colmillos, tan implacable como la misma escarcha.
Era demasiado grande para ser un lobo y su magra complexión demostraba que debía ser uno de los ejemplares mayores de su especie.
—Mide casi dos pies y medio hasta las paletillas —comentó Henry—. Y apuesto a que no debe estar lejos de los cinco pies de largo.
—Tiene un color extraño para ser un lobo —fue la objeción de Bill—. Nunca había visto un lobo rojo; parece casi de color canela.
El animal no era, desde luego, de color canela. Su pelo era el de un verdadero lobo. El color dominante era el gris, aunque poseía un ligero matiz rojizo, un matiz que era incomprensible, que aparecía y desaparecía, que no era más que una ilusión de la vista; ahora gris, gris puro, y luego, irradiados destellos de un vago e inclasificable color rojo.