Colmillo blanco
Colmillo blanco Estaba en el aire. Colmillo Blanco sintió la proximidad de una calamidad incluso antes de que su evidencia fuera tangible. Por remotas vías le llegaba la información de que un cambio se cernía sobre ellos. No sabía cómo o por qué, pero había captado de los mismos dioses que algo se acercaba. Por sutiles caminos que ellos desconocían, dejaron ver sus intenciones al perro lobo que andaba por las escalinatas de la cabaña y que, aunque no pasaba al interior, sabía lo que ocurría en sus mentes.
—¡Escuche eso, por favor! —exclamó el conductor una noche a la hora de la cena.
Weedon Scott escuchó. A través de la puerta llegaba, leve, un angustiado gemido, como un sollozo oculto por la respiración que se hubiera hecho audible. Luego, cuando Colmillo Blanco se aseguró de que su dios estaba todavía dentro y de que no había emprendido aún su largo y solitario viaje, produjo una prolongada aspiración de nariz.
—Creo que ese lobo se ha encariñado con usted —dijo el conductor.
Weedon Scott miró a su compañero con los ojos casi suplicantes, aunque sus palabras desmintieron aquella expresión.
—¿Y qué diablos voy a hacer con un lobo en California? —preguntó.