Colmillo blanco
Colmillo blanco Luego llegó el día en que, a través de la puerta abierta de la cabaña, Colmillo Blanco vio el terrible maletín en el suelo y a su amo colocando cosas en él. También se producían idas y venidas, y la hasta entonces plácida atmósfera de la cabaña se enturbió con extrañas perturbaciones y poco descanso. Allí estaba sin duda la evidencia. Colmillo Blanco ya lo había olfateado antes. En aquellos momentos lo razonaba. Su dios estaba preparándose para otra huida. Y como no le había llevado con él la primera vez, pensó que, en aquella ocasión, volvería a suceder lo mismo.
Aquella noche emitió el largo aullido del lobo. Tal y como había aullado en sus días de lobezno cuando huyó de las Tierras Vírgenes al poblado para encontrar que había desaparecido y que no quedaba nada, sino un montón de basura en el lugar ocupado por el tipi de Castor Gris, así dirigió su hocico a las frías estrellas y les contó a ellas su desgracia.
—Ha dejado de comer otra vez —señaló Matt desde su catre.
Se oyó un gruñido en el camastro de Weedon Scott y un movimiento de sábanas.
—Por su comportamiento cuando se marchó la primera vez, no sé si esta no morirá.
Las sábanas del otro camastro se revolvieron con inquietud.