Colmillo blanco
Colmillo blanco —Debimos haberlo supuesto —exclamó al guardar de nuevo el arma—. Es lógico que un lobo que sabe lo suficiente como para mezclarse con los perros cuando les damos de comer, sepa cualquier cosa sobre armas de fuego. Te lo digo bien claro, Henry, ese animal es la causa de nuestros problemas. TendrÃamos ahora mismo seis perros en lugar de tres si no fuera por ella. Y te digo bien claro, Henry, que la voy a atrapar. Es demasiado lista para dejarse disparar a bocajarro. Pero voy a esperarla. Y la mataré tan seguro como me llamo Bill.
—No ibas a ganar mucho haciéndolo —le advirtió su compañero—. Si la manada se te echa encima, de nada te van a servir los tres cartuchos. Esos animales tienen demasiada hambre y una vez que se lancen sobre ti, te cogerán, Bill.
Aquella noche acamparon temprano. Tres perros no podÃan cargar con el trineo tantas horas como lo hacÃan seis, y mostraban ya signos inequÃvocos de agotamiento. Y los hombres también se acostaron pronto, aunque Bill comprobó antes que los perros estuvieran atados a considerable distancia los unos de los otros.
Pero los lobos se hacÃan cada vez más audaces y despertaron a los dos hombres más de una vez a lo largo de la noche. Tanto se aproximaron al campamento, que los perros se volvieron locos de terror y tuvieron que avivar el fuego de vez en cuando, para mantener a aquellos atrevidos merodeadores a una distancia prudencial.