Colmillo blanco

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—He oído contar a los marineros que los tiburones persiguen a sus barcos —señaló Bill, en una de las ocasiones en la que tuvo que avivar la hoguera—. Bueno, los lobos son los tiburones de la tierra. Saben lo que se hacen mejor que nosotros y no nos están siguiendo el rastro porque les apetezca. Nos van a dar caza, Henry.

—A ti ya te han cazado, según tu forma de hablar —replicó Henry con severidad—. Un hombre está medio muerto cuando él mismo es el que lo dice. Y a ti te han comido ya la mitad del cuerpo por el modo que tienes de hablar del tema.

—Han acabado con mejores hombres que tú y yo —respondió Bill.

—Oh, deja de lamentarte. Me agotas.

Henry se acurrucó de mal humor, pero se sorprendió de que Bill no le respondiera con alguna otra frase airada. Aquel no era Bill, ya que solía enfadarse con facilidad en cuanto se le hablaba con dureza. Henry reflexionó en torno a aquella reacción de su compañero durante cierto tiempo antes de dormirse y, mientras sus párpados se cerraban al caer en el sueño, su pensamiento era: «No hay duda, Bill está terriblemente triste. Tendré que animarle por la mañana».


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