Colmillo blanco
Colmillo blanco —Tiene que aprender y lo hará sin pérdida de tiempo —dijo Scott.
Habló suavemente a Colmillo Blanco hasta que le tranquilizó y luego su voz se tornó firme:
—¡Abajo! ¡Échate!
Aquella era una de las cosas que le había enseñado su amo y Colmillo Blanco obedeció, aunque se tumbó reticente y de mal humor.
—Ya, madre.
Scott abrió los brazos, pero mantuvo los ojos fijos en Colmillo Blanco.
—¡Abajo! —advirtió—. ¡Abajo, quieto!
Colmillo Blanco, con el pelo erizado en silencio, medio incorporado, se hundió de nuevo y observó el acto hostil, que se repetía. Pero de aquel acto no resultó ningún mal ni tampoco del abrazo del otro dios. Después llevaron las maletas al carruaje, luego subieron los dioses desconocidos y su amo, y Colmillo Blanco los siguió corriendo en actitud vigilante, erizando el pelo ante los caballos para advertirles que estaba allí a fin de comprobar que ningún mal le sucedía a su dios, al que con tanta premura paseaban por la tierra.