Colmillo blanco

Colmillo blanco

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Al término de quince minutos, el carruaje atravesó un portón de piedra y más allá pasó por entre dos filas de nogales que se arqueaban y entrelazaban sobre la avenida. A ambos lados se extendían céspedes cuyas superficies lisas se rompían aquí y allá con grandes y vigorosos robles. A poca distancia, en contraste con el verde claro de la hierba, los campos de heno se mostraban, quemados por el sol, tostados y de color oro, mientras más allá se encontraban las colinas leonadas y los pastos de las mesetas. Al final de los céspedes, en una suave colina que se levantaba sobre el nivel del valle, se erguía una mansión con un gran porche y muchas ventanas.

Poca oportunidad le dieron a Colmillo Blanco de ver todo aquello. En cuanto el carruaje entró en los patios, un perro pastor, con ojos relucientes y hocico afilado, le atacó furioso y colérico con toda razón. Se colocó entre él y su amo, cortándole el paso. Colmillo Blanco no gruñó, pero su pelo se erizó mientras ejecutaba su silencioso y mortal ataque. Aquel ataque no lo terminó. Se detuvo con brusquedad con las patas delanteras entumecidas, tratando de controlar su velocidad, casi sentado sobre sus cuartos traseros. Tal era el deseo de evitar el contacto con el perro al que iba a atacar. Era una hembra y la ley de su especie imponía una barrera entre los sexos. Enfrentarse a ella habría exigido una violación de sus instintos.


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