Colmillo blanco

Colmillo blanco

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Por la mañana, cuando el amo salió al porche, una hilera de cincuenta gallinas blancas Leghorn, colocadas allí por el mozo, apareció ante sus ojos. Silbó para sus adentros, suavemente, primero con sorpresa y luego, al final, con admiración. Sus ojos también localizaron a Colmillo Blanco, pero en él no había signos de culpabilidad o vergüenza. Se comportaba con orgullo, como si hubiera realizado una hazaña meritoria y digna de elogio. No parecía ser consciente de su pecado. Los labios de su amo se contrajeron al contemplar aquella desagradable escena. Luego habló con dureza al inconsciente culpable y en su voz se advertía de todo menos el acento colérico de los dioses. También agarró la nariz de Colmillo Blanco y la hizo descender hasta las gallinas asesinadas y, al mismo tiempo, le dio un manotazo.

Colmillo Blanco jamás volvió a matar una gallina. Iba contra la ley y lo aprendió. Después el amo le llevó al gallinero. El impulso natural de Colmillo Blanco al ver todo aquel alimento vivo revoloteando a su alrededor y en sus narices fue saltar sobre ellas. Obedeció a su impulso, pero fue detenido por la voz de su amo. Continuaron en los gallineros durante media hora. Una y otra vez el impulso le surgía y, cuando cedía, la voz de su amo le detenía. Así fue como aprendió la ley y, antes de dejar los dominios de las gallinas, había aprendido a no hacer caso de su presencia.


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