Colmillo blanco
Colmillo blanco Mantuvo el fuego muy vivo ya que sabía que era solo este el que se interponía entre su cuerpo y los hambrientos colmillos de los lobos. Sus dos perros se colocaron muy cerca de él, uno a cada lado, apoyados en busca de protección, gimiendo, lloriqueando y, a veces, gruñendo desesperados cuando algún lobo se acercaba más de la cuenta. En tales momentos, cuando sus perros gruñían, el círculo se agitaba, los lobos se ponían en pie e intentaban avanzar con un coro de gruñidos y aullidos levantándose a su alrededor. Luego el círculo volvía a tranquilizarse y, por aquí y por allí, los lobos volvían a reanudar su interrumpido sueño.
Pero aquel círculo tenía la tendencia a cerrarse sobre él. Poco a poco, avanzando pulgada a pulgada, un lobo arrastrándose hacia delante por un lado, y otro por otro, el círculo se iba estrechando hasta que los lobos se colocaban a la distancia de un salto. Entonces, él cogía unos maderos encendidos y los arrojaba a la manada. Siempre resultaba una retirada apresurada, acompañada de furiosos aullidos y asustados gruñidos cuando uno de los leños bien dirigidos golpeaba a alguna de las bestias más atrevidas.