Colmillo blanco

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La mañana le sorprendió ojeroso y agotado, con los ojos desorbitados por la falta de sueño. Preparó su desayuno en la oscuridad y a las nueve, cuando con la luz del día la manada de lobos se retiró, se puso a preparar lo que había planeado durante las largas horas de la noche. Taló dos árboles jóvenes y los amarró, bien alto, como un andamio, a los troncos de los árboles cercanos. Utilizando las correas del trineo como cuerda y con la ayuda de los perros, subió el ataúd al andamio.

—Han alcanzado a Bill y puede que me cojan también a mí, pero a ti no te alcanzarán, joven amigo —dijo dirigiéndose al cadáver, al que había colocado en su sepulcro arbóreo.

Luego siguió su camino y el trineo aligerado avanzó con más rapidez detrás de los perros, que tiraban con firme voluntad, ya que también ellos sabían que su salvación estribaba en llegar al fuerte McGurry. Los lobos los perseguían abiertamente, tranquilos, detrás y a veces a su lado, con las rojas lenguas colgando y sus delgados costados mostrando las costillas que se bamboleaban con cada movimiento. Estaban muy flacos —meras bolsas de piel colocadas sobre un esqueleto, con músculos que parecían correas—, tanto que Henry no dejaba de maravillarse al pensar que todavía se mantuvieran en pie y que no cayeran exhaustos sobre la nieve.


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