Colmillo blanco

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No se atrevió a seguir su viaje hasta la noche. A mediodía, no solo el sol calentaba el horizonte del sur, sino que incluso se veía la parte superior, pálida y dorada, sobre la línea del cielo. Recibió aquella imagen como una señal. Los días se estaban haciendo más largos y el sol regresaba. Pero en el mismo instante en que recibió con alegría su presencia, su luz desapareció y Henry acampó. Todavía quedaban varias horas de claridad grisácea y de penumbra crepuscular y las empleó en talar una enorme cantidad de leña.

Con la noche llegó el horror. No solo los hambrientos lobos se volvieron más audaces, sino que la falta de sueño comenzó a afectar a Henry. Se dormía a pesar de su voluntad, acurrucado junto al fuego, con las mantas alrededor de los hombros, el hacha entre sus rodillas y a cada lado un perro apoyado contra él. Se despertó por fin y vio frente a sí, ni siquiera a doce pies de distancia, un enorme lobo gris, uno de los más grandes de la manada. Y mientras le miraba, la bestia se comportaba como un perro perezoso, bostezando en sus narices y mirándole con ojos penetrantes, como si, en realidad, Henry fuera tan solo una comida gustosa que pronto sería engullida.



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