Colmillo blanco

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En tales ocasiones, atacado por tres mandíbulas de salvajes dentaduras, el joven lobo se detenía de súbito y retrocedía apoyándose en sus cuartos traseros, con las patas delanteras rígidas, el hocico amenazador y el pelo erizado. La confusión en la parte delantera de la manada siempre causaba confusión en la retaguardia. Los lobos de detrás se chocaban contra el lobezno y expresaban su disgusto propinándole fuertes mordiscos en las patas traseras y en los flancos. Se estaba buscando problemas, ya que la falta de alimento y el mal humor iban unidos; pero con la ilimitada fe de la juventud, repetía una y otra vez su maniobra cada cierto tiempo, aunque nunca conseguía obtener nada más que desconcierto.

De haber habido alimento, el amor y la lucha se habrían sucedido rápidamente y la formación de la manada se habría roto. Pero la situación era desesperada. Estaban todos escuálidos por el hambre tanto tiempo soportada. La manada corría por debajo de la velocidad acostumbrada. En la retaguardia se arrastraban los miembros más débiles, los más jóvenes o los más viejos. Todos se parecían más a esqueletos que a lobos hechos y derechos. Sin embargo, con la excepción de los que cojeaban, los movimientos de los animales no mostraban cansancio o esfuerzo. Sus músculos como cuerdas parecían fuentes de inextinguible energía. Después de cada contracción muscular, como el acero, seguía otra y otra y otra, sin que hubiera en apariencia un final.


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