Colmillo blanco
Colmillo blanco Aquel día recorrieron muchas millas. Corrieron de noche. Y el día siguiente les sorprendió corriendo todavía. Corrían sobre la superficie de un mundo helado y muerto. Nada vivo se agitaba. Ellos, en solitario, se movían por la inmensa quietud. Solo ellos estaban vivos y buscaban otras cosas que estuvieran vivas para devorarlas y continuar viviendo.
Atravesaron divisorias bajas y una docena de pequeños riachuelos en una tierra deprimida antes de que su demanda fuera recompensada. Se toparon con unos alces. Fue un enorme macho al que primero encontraron. Él era carne y vida y no estaba protegido por ningún misterioso fuego ni guardado por proyectiles en llamas. Conocían las anchas pezuñas y las ramificadas cornamentas y olvidaron su acostumbrada paciencia y su cautela. La lucha fue breve y feroz. El gran macho estaba asediado por todas partes. Los desgarró o partió por la mitad sus cráneos con los rápidos movimientos de sus enormes cascos. Los aplastó o les rompió los huesos con sus grandes cuernos. Los estampó contra la nieve bajo su cuerpo en la desesperada lucha. Pero fue vencido y cayó al suelo con la loba desgarrándole salvajemente el cuello y otros dientes clavados en él, que le devoraron vivo, antes de que sus últimos esfuerzos hubieran cesado, antes de que su última batalla hubiera sido superada.