La gente del abismo
La gente del abismo ¡Por todos los espÃritus de los viejos detectives y Sherlock Holmes! Me pregunté dónde estarÃa oculto el ayudante que deberÃa anotar todo cuanto yo dijese a voz en grito. Y hasta hoy, pese a lo mucho que he frecuentado a Johnny Upright, no he sido capaz de decidir si realmente estaba resfriado o si tenÃa a un ayudante escondido en el cuarto vecino. Pero de algo sà estoy seguro: aunque le di a Johnny Upright todos los datos acerca de mi persona y de mi proyecto, no tomó su decisión hasta el dÃa siguiente, cuando me presenté en su calle convenientemente vestido y en coche. Entonces su recibimiento fue muy cordial y me invitó a tomar el té con su familia.
—Aquà somos gente humilde —dijo—, no dada a vanidades, y debe tomarnos tal como somos, sencillos. —Las muchachas se sonrojaron llenas de embarazo al saludarme, y su padre no hacÃa nada que aliviara la situación.
—¡Ja, ja! —rió divertido, golpeando la mesa con la palma de la mano hasta que los platos entrechocaron—. ¡Las niñas ayer creyeron que usted habÃa venido a pedir un pedazo de pan! ¡Ja, ja!
Lo negaron indignadas, con los ojos hoscos y las mejillas rojas de culpabilidad, como si fuese una prueba de auténtico refinamiento ser capaz de reconocer bajo sus harapos a un hombre que no tenÃa la necesidad de ir harapiento.