La gente del abismo
La gente del abismo —Entonces tendré que seguir buscando —contesté con evidente disgusto.
Pero mis diez chelines habÃa despertado su entusiasmo.
—Puedo alquilarle una buena cama con otros dos —insistió—. Buena gente, respetable, y muy tranquila.
—Pero yo no quiero dormir con otros dos hombres —objeté.
—No tiene que hacerlo. Hay tres camas en el cuarto, y no es pequeño.
—¿Cuánto? —pregunté.
—Media corona por semana, dos con seis si se queda todo el mes. Le gustarán esos tÃos, seguro. Uno trabaja en el almacén, lleva conmigo dos años. Y el otro lleva seis, hace seis y dos meses el sábado que viene. Es tramoyista —continuó—. Un tÃo serio y honrao, que nunca ha faltao a su trabajo de noche en todo el tiempo que está conmigo. Y le gusta la casa; dice que es la mejor que ha estao. Lo tengo a pensión, igual que a los otros.
—Supongo que estará ahorrando —insinué inocentemente.
—¡Por Dios santo, qué va! Y no hay nada mejor por ese precio.