La gente del abismo
La gente del abismo Pensé en mi inmenso Oeste, con espacio bajo su cielo y aire suficiente para mil Londres; ¡y aquí estaba este hombrecillo, tranquilo y de confianza, que no había faltado a su trabajo ni una sola noche, metido en un cuarto con otros dos hombres, un cuarto por el que pagaba dos dólares y medio al mes, y que era lo mejor que podía encontrar! Y aquí estaba yo, con el poder de mis diez chelines, a punto de ocupar con mis andrajos una cama a su lado. El alma humana es solitaria, pero a veces ha de serlo mucho, como cuando hay tres camas en un cuarto y se admite a cualquiera que lleve diez chelines.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —le pregunté.
—Trece años, señor. ¿No cree que está bien el cuarto? —Mientras hablaba se movía pensativa por la pequeña cocina en la que guisaba para los huéspedes que estaban a pensión. Cuando entré por primera vez estaba trabajando, y no dejó de hacerlo en toda la conversación. Sin duda era una mujer atareada. “A las cinco y media arriba”, “la última en meterse en la cama”, “trabajando como una bruta hasta romperme”, trece años, y como recompensa cabellos grises, ropas mugrientas, hombros caídos, figura desaliñada, trabajo inacabable en una cafetería loca y ruidosa que daba a una callejuela con apenas diez pies de distancia entre las paredes, y un ambiente portuario feo y asqueroso, por no decir otra cosa.