La gente del abismo
La gente del abismo —¿Volverá a echarle un vistazo? —me preguntó ansiosa mientras yo iba hacia la puerta.
Al girarme y contemplarla comprendí la profunda verdad que hay en la vieja y sabia máxima: “La virtud es un premio en sí misma”.
Volví hasta ella.
—¿Ha hecho vacaciones alguna vez? —pregunté.
—¡Vacasiones!
—Un par de días en el campo, aire fresco, un día libre, ya sabe, un descanso.
—¡Dios bendito! —rió, dejando de trabajar por primera vez—. ¿Vacasiones, eh? ¿Para darme un gusto? ¡Pues estamos bien! ¡Cuidao con los pies! —esto último era una advertencia, porque tropecé con el carcomido umbral.
Cerca del muelle de las Indias Occidentales encontré a un joven mirando desconsolado las aguas fangosas. Una gorra de fogonero encasquetada hasta los ojos y sus ropas revelaban sin lugar a dudas que era hombre de mar.
—Hola, compañero —le saludé, tratando de iniciar una conversación—. ¿Puedes decirme cómo se va a Wapping?
—¿Has llegado en un barco ganadero? —contestó, descubriendo mi nacionalidad al instante.