La gente del abismo
La gente del abismo Había tenido madre y numerosos y alborotadores hermanos y hermanas, todos amontonados en un par de habitaciones, viviendo con más miseria y menos comida que la que él se procuraba normalmente. En efecto, nunca iba a su casa salvo cuando no tenía suerte consiguiendo alimentos. Pequeños hurtos, mendicidad por calles y muelles, uno o dos viajes por mar sirviendo el rancho, algunos más paleando carbón para llegar a ser fogonero; con eso había alcanzado lo más alto en su vida.
Mientras transcurría todo esto se había ido forjando una filosofía de la vida fea y repulsiva, pero lógica y sensata desde su punto de vista. Cuando le pregunté para qué vivía, me contestó: “Para empinar el codo”. Un viaje por mar (porque un hombre tiene que vivir y conseguir su sustento), luego la paga y al final la gran borrachera. Después, pequeñas borracheras gorreadas en las tabernas a compañeros que aún tuvieran algunas monedas, como yo mismo, y cuando el gorreo no daba más de sí, otro viaje por mar y se repetía el ciclo brutal.
—¿Y mujeres? —sugerí cuando terminó de proclamar la borrachera como la única finalidad de su vida.