La gente del abismo
La gente del abismo —¡Las tÃas! —dejó ruidosamente la jarra en el mostrador y habló con elocuencia—. A mà me han enseñao a alejarme de las tÃas. No compensan, compa, no compensan. ¿Para qué quiere las tÃas uno como yo? DÃmelo. Tuve mi mami, y ya es suficiente; siempre sacudiendo a los crÃos y haciendo desgraciao a mi viejo cuando llegaba a casa, que eran muy pocas veces, te lo aseguro. ¿Y por qué? ¡Por culpa de la vieja! Nunca dejó que nadie fuese feliz. Luego están las otras tÃas. ¿Cómo tratan a un pobre currante con unos pocos chelines en los calzones? Una buena borrachera es lo que tiene en los bolsillos, una buena y larga borrachera, y las tÃas lo despluman tan deprisa que no le queda ni para un vaso. Lo sé bien. He pasado por eso y sé de qué va. Y te diré, donde hay tÃas hay problemas… gritos y jaleo, peleas, pinchazos, polis, jueces y un mes de trabajos forzados, y no te dan la paga cuando te sueltan.
—Pero tener esposa e hijos —insist×, una casa propia y todo eso. Piénsalo, cuando vuelvas de viaje tendrás a los chiquillos encaramándose en tus rodillas, y tu esposa feliz y sonriente te dará un beso mientras pone la mesa, los niños te besarán cuando se van a la cama, la tetera silbando en el fuego y luego la larga charla sobre lo que has visto, ella contándote todo lo que ha pasado en la casa durante tu ausencia y…