La peste escarlata y El idolo rojo
La peste escarlata y El idolo rojo —El bizco —dijo—es un gran sabio. Cuando yo sea hombre, iré a verle. Le daré todas mis cabras, toda la carne y todas las pieles que podré conseguir, y le pediré que me enseñe sus secretos y a ser un médico como él. Entonces seré temido y respetado, como lo es él. Todo el mundo caerá a mis pies, con la cara en el fango.
El anciano meneó gravemente la cabeza, y murmuró:
—Es extraño oÃr las mismas ideas absurdas y obstinadas que formulaban los hombres de otro tiempo en boca de un joven salvaje, sucio y vestido con pieles de animales. El universo ha sido aniquilado, conmocionado hasta su destrucción; pero el hombre sigue siendo el mismo...
Cara de Liebre intervino en la discusión, hizo objeto a Hu-Hu de una severa reprimenda.
—¡Cuidado con engañarme, te lo advierto! —dijo—. Si algún dÃa te pago para que envÃes el bastón de la muerte y la cosa no funciona, te romperé la cabeza, Hu-Hu. ¡Sà te romperé la cabeza! ¿Lo has entendido?