Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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El decimoctavo día, a medianoche, botó la canoa en la marejada y partió rumbo a Hikueru. Era una mujer vieja. Las privaciones la habían despojado de grasa hasta tal punto que sólo le quedaban los huesos, la piel y unos pocos músculos correosos. La canoa era grande y hubiera necesitado tres remeros fuertes. Pero lo hizo ella sola, con un remo improvisado. Además la canoa hacía agua, y había que dedicar un tercio del tiempo a desagotarla. Cuando se hizo de día buscó Hikueru en vano. A popa, Takokota había desaparecido bajo el horizonte. El sol crecía en su desnudez, obligando a su cuerpo a despojarse de su humedad. Quedaban dos latas de salmón, y en el curso del día les practicó agujeros y se bebió el líquido. No pudo dedicar tiempo a extraer la carne. La corriente iba hacia el oeste; aunque ella remara hacia el sur, la arrastraba consigo. En las primeras horas de la tarde, de pie en la canoa, divisó Hikueru. Su riqueza de cocoteros había desaparecido.

Sólo aquí y allá, a grandes intervalos, podían verse los restos de algunos cocoteros estropeados. La vista la alegró. Estaba más cerca de lo que hubiera pensado. La corriente la arrastraba hacia el oeste. Luchó contra ella y siguió remando. Las cuñas de la ligadura del remo se aflojaron, y perdió mucho tiempo en repararlas a intervalos frecuentes. Además había que desagotar: cada tres horas debía perder una para desagotar. Y mientras tanto la corriente la llevaba al oeste.


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