Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Hacia el ocaso, Hikueru estaba al sudeste, a tres millas de distancia. Había luna llena, y a las ocho de la noche la tierra estaba en dirección al este, y a dos millas. Luchó una hora más, pero la tierra estaba siempre igualmente lejana. Estaba en poder de la corriente; la canoa era demasiado grande; el remo demasiado inadecuado; y debía emplear demasiado tiempo en desagotar. Además, estaba muy débil y cada vez se debilitaba más. Pese a todos sus esfuerzos, la piragua continuaba llevándola hacia el oeste.
Susurró una plegaria a su dios tiburón, se deslizó al agua y empezó a nadar. El agua realmente la refrescó, y muy pronto la canoa quedó lejos. Después de una hora, la tierra estaba perceptiblemente más cercana. Entonces vino el espanto. Delante de sus ojos, a menos de seis metros de distancia, una gran aleta cortaba el agua. Nauri nadó con decisión hacia la aleta, y ésta se alejó lentamente, describiendo una curva a la derecha, y girando alrededor de ella. La vieja siguió nadando, mientras vigilaba la aleta. Cuando ésta desaparecía, se tendía cara al agua, con los ojos bien abiertos. Cuando reaparecía, continuaba nadando. Era evidente que el monstruo era perezoso. Sin duda había estado bien alimentado desde el huracán. Ella sabía que si hubiera estado muy hambriento, no hubiera dudado en atacarla. Tenía casi cinco metros de largo, y con un solo mordisco la podía cortar por la mitad.