Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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Pero Nauri no tenía tiempo para perder con el tiburón. Nadase o no, la corriente la alejaba de tierra de todos modos. Pasó media hora, y el tiburón empezó a hacerse más audaz. Como no vio en ella ningún peligro, el monstruo se le acercó más, nadando en círculos que se hacían más estrechos; al pasarle cerca, le lanzaba miradas frontales. Tarde o temprano, ella lo sabía bien, juntaría coraje suficiente para atacarla.

Resolvió adelantársele. Lo que estaba meditando era una tentativa desesperada. Ella era una mujer vieja, sola en el mar y debilitada por las privaciones y las penurias; y sin embargo, ella, frente a ese tigre del mar, debía anticiparse a su ataque atacando primero. Siguió nadando mientras esperaba el momento apropiado. Finalmente, el tiburón pasó lánguidamente, apenas a dos metros de distancia. Ella se precipitó contra él, fingiendo que lo atacaba. El monstruo sacudió violentamente la cola mientras escapaba, y su áspero pellejo, al golpearla, le arrancó la piel desde el codo hasta el hombro. Nadó rápidamente, en un círculo cada vez más amplio, y finalmente desapareció.

En un agujero en la arena, cubierto con fragmentos de techo metálico, Mapuhi y Tefara estaban acostados disputando.

—Si hubieras hecho como yo te dije —repitió Tefara por milésima vez— y escondido la perla, y no se lo hubieras contado a nadie, ahora la tendrías.


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