Las Muertes concentricas

Las Muertes concentricas

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—Pero Levy no le pagó a Toriki —dijo Mapuhi—. Le dio un pedazo de papel que servía para el dinero, en Papeete; y ahora Levy está muerto y no puede pagar, y Toriki está muerto y el papel se perdió con él, y la perla se perdió con Levy. Tienes razón, Tefara. Yo perdí la perla y no obtuve nada a cambio. Ahora vamos a dormir.

Levantó la mano y súbitamente escuchó. De afuera les llegó un ruido, como de alguien que respiraba pesadamente y con dolor. Una mano tanteó la estera que servía de puerta.

—¿Quién está ahí? —gritó Mapuhi.

—Nauri —fue la respuesta—. ¿Puede decirme dónde está mi hijo Mapuhi?

Tefara dio un grito y se aferró al brazo de su marido.

—¡Un fantasma! —gritó mientras los dientes le castañeteaban—. ¡Un fantasma!

El rostro de Mapuhi había tomado un color lívido. Se prendió débilmente de su mujer.

—Buena mujer —dijo en un tono tembloroso, tratando de disfrazar su voz—. Conozco bien a su hijo. Vive en el lado oriental de la laguna.

De afuera les llegó un suspiro. Mapuhi comenzó a sentirse triunfante. Había engañado al fantasma.

—Pero, ¿de dónde vienes, anciana? —le preguntó.


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